Saló, o los 120 días de Sodoma: alienación y poder

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Calificar “Saló, o los 120 días de Sodoma” como un filme más o, sencillamente, ponerlo al mismo nivel que otras obras, supondría olvidar gran parte de las lecturas que derivan de la misma. Saló no se puede resumir en palabras puramente formales. Ésta excede todo análisis simplista o superficial. Pier Paolo Pasolini no era sólo un director, sino uno de los intelectuales italianos con mayor capacidad de análisis y crítica del siglo XX.

Incomprendida, censurada, polémica... película de culto para algunos, maldita para otros. No pasó desapercibida para nadie, mucho menos para los amigos y/o enemigos del director, quien, como broche de oro a toda su carrera artística, tuvo que pagarlo con el precio de su propia vida, masacrado y humillado de la peor forma posible por parte de las esferas que él mismo denunciaba: el poder.

Y es que al intentar reducirla a un solo concepto, más allá de la violencia, el sexo y la mierda, la película no habla más que de eso, del poder. O para ser más concretos, del caos del poder. El poder hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Detrás de todo ese maquillaje de respeto al prójimo, de falsa legalidad, de derechos humanos... la realidad existente es otra. Las élites de poder derivadas del excedente de producción no nacieron para aportar seguridad a este mundo caótico, ni para proporcionar una mayor calidad de vida. El poder se creó para someter.

Pasolini traslada los textos del Marqués de Sade, «Los 120 días de Sodoma», a los hechos acaecidos durante la República de Saló (La República Social Italiana, también conocida como República Social Fascista de Saló, Estado creado por Benito Mussolini en el norte de Italia al final de la Segunda Guerra Mundial), a los que da una base mucho más compleja y rica en detalle. Asimismo, realiza un análisis de la Italia de 1975, fecha en que se estrenó, ya que ese fascismo del apolillado Mussolini seguía muy vivo.

En dicho contexto presenta a los cuatro «protagonistas» (una mera formalidad, ya que se trata de un filme coral donde el verdadero protagonista es la masa; los poderosos y los sometidos), quienes carecen de nombre o de rasgos psicológicos que los identifiquen. Se llaman a sí mismos: «El Presidente», «El Magistrado», «El Duque» y «El Obispo», en analogía del poder al cual representan. Son personas de las altas esferas, cultas, amantes de los textos de Nietzsche o Baudelaire, y, a su vez, capaces de realizar las mayores atrocidades. Para ellos la cultura y la posición son más una herramienta que un fin, a través de la cual se valen para someter.

"Estáis fuera de toda legalidad, nadie en la tierra sabe que estáis aquí. Por lo que respecta al mundo, vosotros ya estáis muertos". Con dicha frase se presentan ante los jóvenes que han secuestrado: los han tomado, los han vuelto propios, los han convertido en objetos de su mercancía. El poder mercantiliza el cuerpo, provocando la cosificación del ser humano. Como meros objetos, dichos jóvenes han de someterse a las las leyes del nuevo régimen, del nuevo poder. Y éstas no son más que el sometimiento a los caprichos, las manías, las obsesiones y las enfermedades de los cuatro.

Habiendo abandonando toda esperanza nos adentramos en la mansión. Pasolini elimina toda limitación y desde un principio nos sitúa en un contexto determinado, el Infierno. Y en el Infierno no hay lugar para la linealidad narrativa, la progresión argumental o la relación causalidad-consecuencia. Rodeados del lujo típico de la burguesía y la aristocracia, cuatro viejas arpías se sientan frente al piano, mientras los jóvenes desnudos rodean a sus nuevos amos, disponiéndose a escuchar las historias que éstos relatan. Éstas no tienen más finalidad que causar el deleite del poder. Despiertan sus instintos más salvajes. Una vez que la irracionalidad se hace presente, olvidan toda normativa o noción moral, abandonan ese maquillaje superficial impuesto por una sociedad hipócrita. Dominados por el placer, deciden dar rienda suelta a sus instintos más primarios.

Así, Pasolini nos dirige hacia los rincones más degradantes y perturbadores del ser humano. El poder somete, mata el espíritu y la voluntad de los sometidos. Los jóvenes deben satisfacer los deseos sexuales de sus amos; acceden a caminar a cuatro patas, atados con correas, y a alimentarse del suelo; el decadente espectáculo continua con un festín de coprofagia. El Círculo de la Mierda da comienzo. Cada uno de los participantes se ve obligado a comer sus propias heces. El impacto en el espectador es indudable (recordemos el año, 1975).

El asco es palpable. La terrible metáfora se desenvuelve, la naturaleza de nuestra propia especie queda al descubierto. Quienes comen mierda no son los jóvenes de la película, somos nosotros, los espectadores, los ciudadanos, quienes vivimos inmersos en esta sociedad jerarquizada que dice ser para todos. Somos nosotros, seres voluntariamente alienados, quienes nos alimentamos con mierda todos los días al continuar con el hábito del sometido, levantándonos a las 7 de la mañana y trabajando hasta desfallecer. Somos nosotros quienes disfrutamos de este maravilloso festín en el que nunca actuamos como anfitrión.

Ya no hay esperanzas. Mucho menos un final feliz. Los seres se han sometido hasta tal punto, que, cuando sus secretos son desvelados ante los ojos de los amos, comienzan a venderse unos a otros. Han subyugado su ser, su personalidad, hasta tal punto que la colaboración se vuelve entelequia. Solo uno es capaz de rebelarse, ante el asombro de los cuatro,  y muere con el puño en alto, en clara señal de protesta.

Muchos de ellos han roto las normas, por lo que deben pagar por sus actos. El castigo deviene en un final de lo más atroz. Los jóvenes son marcados como ganado, quemados y desprovistos de su cuero cabelludo o de sus ojos, ardiendo ante un sol abrasador. Al fondo, actuando como espectadores, los lacayos de los amos bailan un vals. Naturalidad. Tras haber vivido dicha experiencia ¿Somos capaces de continuar con nuestras vidas como si nada? El vals así nos lo indica. Pasolini demuestra que lo más aberrante no es el castigo, la decadencia, la degradación inherente a los sometidos o la propia alienación consecuente, sino esa naturalidad intrínseca al poder; acostumbrados a someter, humillar y matar, son capaces de seguir con sus vidas. No hay catarsis para el poder. Mucho menos remordimiento.

El árbol de la vida: poesía visual

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Malick es uno de esos directores que no deja indiferente, o le odias o le amas, pero no existe el término medio. Y eso conlleva subjetividad y, sobre todo, un breve periodo de reflexión antes de escribir sobre sus obras. Les reconozco que yo soy de los que adoro a este genio muchas veces incomprendido y tan poco dado a mostrarnos su arte. Recordemos que Terrence Malick, tan solo tenía cuatro largometrajes dirigidos hasta “El árbol de la vida” - “Malas Tierras” (1973); “Días del cielo” (1978); “La delgada línea roja” (1998) y “El nuevo mundo” (2005) -,  todos ellos con un marcado carácter personal que las hacía únicas y alejadas del concepto de cine comercial.

La obra de Malick destaca por una cuidada fotografía, paisajes naturales tan bellos que se hacen parte fundamental de la cinta, incluso por encima de los actores. Ese es otro de los aspectos más destacados de Malick, al contrario que ocurre en la gran mayoría de obras, aquí el director no está al servicio de los actores, estos llegan incluso a ser prescindibles en el contexto de una historia, de un pensamiento. Porque Malick es un filósofo de nuevo cuño, que no expresa sus ideas a través del papel sino que lo hace desde el metraje de sus obras. Sí en “La delgada línea roja” creaba un canto anti-belicista en una de las mejores obras bélicas de todos los tiempos, en “El árbol de la vida” nos muestra su personal visión del mundo, y lo hace cargándola de silencios, llevados de la mano de la voz en off que suele acompañar a sus obras, y de una banda sonora que por sí misma se hace imprescindible dejándonos uno de los momentos más hermosos vistos en el cine: la creación del universo, en la que Jack O’Brien (Hunter McCracken) da pequeñas pinceladas de la idea que subyace en toda la película: la pequeñez del ser humano frente a la creación divina.

Y esa idea es tan compleja como la propia película que se hace incomprensible para algunos espectadores, quienes no han dudado en abandonar las salas (algunos cines han llegado a devolver las entradas o cambiarlas por otras). Si bien, personalmente, creo que esto se deriva del único error de la película: los carteles promocionales, que han dado a Brad Pitt y Sean Penn un peso que no les correspondía pues en “El árbol de la vida” ellos son dos piezas más de un amplísimo engranaje. Pero han sido muchos los que fueron al cine llevados por estos dos rostros conocidos pero sin haber visto nada de Malick antes y eso, irremediablemente, conlleva un choque. Malick no es un autor comercial, tampoco busca el aplauso de la crítica, simple y llanamente rueda aquello que quiere contar, como lo quiere contar y sin importarle que aquellos a los que se lo cuenta logren o no entenderlo.

Salvando las distancias, Malick es un genio abstracto en un mundo hiperrealista. Y eso le hace grande, quizá mucho más de lo que sería jamás si fuera un director convencional. A Dios gracias no lo es y nos deja obras maestras para disfrutar sin importar el tiempo que pase sobre ellas.

El Resplandor: perversión y fotograma

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Es complicado volver a visitar este gran clásico del terror (y permitidme añadir, del cine en general), y no verse arrastrado por las innumerables interpretaciones y críticas. Examinar esta versión despreciada por el propio Stephen King es algo tan complicado como montar un puzzle que no tiene sentido, cuya imagen final solamente es capaz de ser descrita por su autor. No obstante, nos basaremos en la versión cortada por Stanley Kubrick, aunque el corte fue “profundo”, merece la pena ver las dos versiones de la película.

Esta película corresponde a la época del autor en la que había alcanzado un estado aparente de celebridad. Según algunos expertos, que en su mayoría expresaron su opinión en el famoso documental "Habitación 237" (digno de ver), "El resplandor" esconde un proceso de preproducción tedioso y altamente complejo, provocado por un Kubrick que había descubierto lo que eran las grandes producciones y se encontraba decepcionado. Pero esto es una opinión, ya que con Barry Lyndon, su anterior trabajo, cumplía muchas más satisfacciones personales de las que creemos. Por un lado, tenía la necesidad de retratar la vida de Napoleón en un filme que nunca llegó a realizar y gracias a una novela que descubrió durante el proceso de investigación, en la que salía un personaje que llamó su atención, Barry Lyndon, lo utilizó para construir una historia que serviría, por otro lado, como carta de presentación de su película basada en uno de los períodos más importantes de la Historia Contemporánea europea. Como veremos más adelante, Kubrick sentía una obsesión por los grandes males y crímenes provocados por el hombre, algo propio de un artista con una mentalidad altamente humanista.

Aunque parezca algo gratuito, me veo en la obligación de explicar el argumento principal. La película relata la historia de Jack Torrance (interpretado por Jack Nicholson), un hombre que empieza a sufrir inquietantes trastornos de personalidad al poco tiempo de llegar a un solitario hotel, el Overlook, al que se había trasladado con su familia para ocuparse de la vigilancia y el mantenimiento durante el invierno, época en que permanece cerrado y aislado por la nieve. Paulatinamente, debido a la incomunicación, al insomnio, a sus propios fantasmas interiores y, tal vez, a la influencia maléfica del lugar, se verá inmerso en una espiral de violencia contra su mujer y su hijo, que a su vez parecen víctimas de espantosos fenómenos sobrenaturales.

Para rodar "El resplandor", se utilizó un proceso de producción complejo y perfeccionista, como la mente del propio autor. Un equipo se encargó de tomar fotografías del lugar durante varios meses para captar la esencia de los escenarios en los que se rodaría la película. Se escogió a los actores con el perfil que más se adecuaba al perfil establecido por el guión de Diane Johnson (ya que King renunció al proyecto desde el principio, para años después rodar su propia versión). Danny Lloyd, el niño protagonista de la historia, fue elegido entre 5.000 candidatos.

En cuanto el aspecto técnico de la película. En ocasiones se ha despreciado esta obra y no se ha asociado con la facultad imperante de Kubrick de innovar en cada uno de sus filmes. Tenía la sensación de perfeccionar sus películas en todos los aspectos. Y gracias a esta facultad, consiguió progresar e innovar con cada fotograma, lo que llevó a influenciar a toda una generación de cineastas que siguieron su estela en cuanto a técnicas de fotografía y efectos visuales. Prueba de ello es la excesiva utilización de la steadicam que consiguió darle al filme un aire de novedad y frescura. La steadicam se había inventado un par de años antes y sirvió para disfrutar de planos en movimiento con una soltura y una belleza nunca antes vista en el séptimo arte. La perfección de las escenas de Danny (el niño) recorriendo el hotel con su pequeño triciclo en esos pasillos con moqueta setentera no podrían haberse realizado sin este recurso, y es que la steadicam nos permite meternos de lleno en la escena, sentir la tensión de Danny en cada momento.

Cada plano tiene un significado. Según algunos la película guarda una simbología en cada una de los fotogramas que la componen. Yo no diría tanto, pero resulta sorprendente observar algunos de los planos de la película. La composición y los colores que los enriquecen, hacen que nos encontremos ante un siniestro espectáculo fotográfico. Stanley Kubrick gustaba de alcanzar la precisión en el encuadre y la imaginación de innovar con diferentes planos no utilizados antes. Fruto de esto son algunas de las imágenes más aterradoras de una película que contaba casi exclusivamente con la interpretación de un soberbio Jack Nicholson. El mal, reflejado en la expresión del actor, es captado por la cámara del cineasta y nos transmite las sensaciones y emociones principales de una película que refleja una perversión mucho más profunda que la que pueda provocar un ente místico y desconocido, el que radica, como no podía ser de otra manera, dentro del alma del ser humano. Otras lecturas establecen que el director podría tener la intención de revindicar los episodios de genocidio más importantes de los últimos tiempos. El miedo a los desconocido radica en el hotel, a la capacidad de convertirnos en un ser atormentado capaz de hacer atrocidades indescriptibles.

Kubrick lo reivindica y nos dice: Está ahí y pertenece a vosotros.

Soy un fugitivo: Alegato antirepresivo

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Ya lo decía Piotr Kropotkin en su ensayo sobre las prisiones:

"Y, por otra parte, cualesquiera que sean los cambios introducidos en el régimen penitenciario, la reincidencia no disminuye, lo cual es inevitable; la prisión mata en el hombre todas las cualidades que le hacen más propio para la vida en sociedad. Convirtiéndole en un ser que, fatalmente, deberá volver a la cárcel, y que expirará en una de esas tumbas de piedra sobre las cuales se escribe Casa de corrección -, y que los mismos carceleros llaman Casas de corrupción.

Si se me preguntara: ¿Qué podría hacerse para mejorar el régimen penitenciario?, ¡Nada! - respondería - porque no es posible mejorar una prisión. Salvo algunas pequeñas mejoras sin importancia, no hay absolutamente nada que hacer, sino demolerlas."

James Allen (un magistral Paul Muni), héroe de guerra, está harto de la alienación que supone el ejército y tras su vuelta no se amolda a una situación familiar y laboral en la que se encuentra prisionero, quiere ser libre, por ello huye y busca trabajo en el construcción. La vida no le da un respiro y tras varios meses sin encontrar nada más que negativas, su futuro no parece tan claro como en un principio, pero no pierde la esperanza. Es en este momento cuando se ve envuelto en una serie de absurdas circunstancias por las que termina absorbido por ese consumidor de seres humanos, la cárcel.

Así comienza "Soy un fugitivo" ("I Am a Fugitive From a Chain Gang") película de 1932 que supone uno de los mayores alegatos contra los trabajos forzados en particular y contra el sistema penitenciario en general que se haya rodado hasta la fecha. La capacidad de su director, Mervyn LeRoy ("Little Caesar", "Quo Vadis", "La mala semilla"), para condensar toda esa crítica en apenas 90 minutos de metraje roza la genialidad. La actuación de Paul Muni es espectacular, reflejando magistralmente el sufrimiento y la desolación de un hombre masticado por el mundo civilizado. Es una clara patada en la boca a toda esta falsaria sociedad occidental llena de una moralidad enfermiza que transforma al ser humano en esclavo de su propio ideario.

Oscars 2014: Ceremonia conservadora

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La falta de sorpresas marcó la noche de la gala de los Oscar 2014. Ellen DeGeneres (la presentadora) intentó amenizar unos premios bastante aburridos con pizza y 'selfies'. Matthew McConaughey hizo el ridículo agradeciendo su Oscar a mejor actor ("Dallas Buyers Club") a un ser superior. Cate Blanchet se llevó un predecible Oscar a mejor actriz y se mostró agradecida a Woody Allen ("Blue Jasmine"). Tras su exitoso paso por los Globos de Oro, estaba claro que "12 años de esclavitud" tenía todas las de ganar, y así ha sido, se llevó los de mejor película, mejor guión y mejor actriz secundaria. Asimismo, un pletórico Alfonso Cuarón casi hace pleno con "Gravity", llevándose gran parte de los premios técnicos más el de mejor director (en total 7 estatuillas, siendo la gran triunfadora de la noche). El (inmerecido) Oscar a mejor actriz secundaria fue a parar a manos de Lupita Nyong'o y el de mejor actor de reparto se lo llevó Jared Leto (cuya transformación en la ya menciona "Dallas Buyers Club" es increíble). Las grandes perdedoras de la noche fueron "La gran estafa americana" y "El lobo de Wall Street" (a Leonardo DiCaprio se la vuelven a jugar).  Sin más, os dejo con la lista de todos los premiados:

- Mejor director - Alfonso Cuarón ("Gravity")

- Mejor actor - Matthew McConaughey ("Dallas Buyers Club")

- Mejor actriz - Cate Blanchett ("Blue Jasmine")

- Mejor película de habla no inglesa - "La Grande Bellezza" de Paolo Sorrentino

- Mejor actor secundario - Jared Leto ("Dallas Buyers Club")

- Mejor actriz secundaria - Lupita Nyong'o ("12 años de esclavitud")

- Mejor guión original - Spike Jonze ("Her")

- Mejor guión adaptado - John Ridley ("12 años de esclavitud")

- Mejor fotografía - Emmanuel Lubezki ("Gravity")

- Mejor película de animación - "Frozen"

- Mejor vestuario - Catherine Martin ("El Gran Gatsby")

- Mejor montaje - Alfonso Cuarón y Mark Sanger ("Gravity")

- Mejor documental - "20 Feet from Stardom"

- Mejor cortometraje documental - "The Lady in Number 6: Music Saved My Life"

- Mejor maquillaje y peluquería - Adruitha Lee y Robin Mathews ("Dallas Buyers Club")

- Mejor banda sonora - Steven Price ("Gravity")

- Mejor canción - "Let it Go" de "Frozen"

- Mejor diseño de producción - Catherine Martin y Beverly Dunn ("El Gran Gatsby")

- Mejor cortometraje de animación - "Mr. Hublot", de Laurent Witz y Alexandre Espigares

- Mejor cortometraje - "Helium", de Anders Walter y Kim Magnusson

- Mejor edición de sonido - Glenn Freemantle ("Gravity")

- Mejor mezcla de sonido - Niv Adiri, Skip Lievsay, Christopher Benstead y Chris Munro ("Gravity")

- Mejor efectos visuales - Tim Webber, Chris Lawrence, Dave Shirk y Neil Corbould ("Gravity")

Hitler: El Reinado del Mal

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"Hitler: El Reinado del Mal" (Hitler: The Rise of Evil) (2003), dirigida por el irregular Christian Duguay (director de "Asesinos Cibernéticos", adaptación de la novela del genial Philip K. Dick, y de las mediocres "Scanners 2 y 3") y protagonizada por Robert Carlyle ("Full Monty", "Trainspotting", "28 meses después") nos presentan un retrato sobre la figura de Adolf Hitler, centrándose en una parte de su vida algo olvidada (y no por ello menos interesante): su infancia, su estancia en Viena como pintor frustrado, su paso por la I Guerra Mundial y fundamentalmente el periodo dedicado a la creación y cimentación del NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei o Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, creado a partir del original Deutsche Arbeiterpartei de Anton Drexler) durante la República de Weimar (1919-1933). Un periodo de la historia tremendamente interesante para cualquier persona que pretenda conocer a fondo la historia contemporánea.

A pesar de esto, la descripción psicológica del Führer no podría haber sido más burda, simplista, irreal y poco creíble. La caracterización de Robert Carlyle, aunque el pobre lo intente, no deja de parecer una caricatura en ningún momento del metraje, y la de Peter Stormare como un raquítico y manejable Ernst Röhm (hombre bastante obeso, aguerrido y de declarada homosexualidad) le restan fuerza a un guión que condensa y resume "correctamente", aunque de forma algo sensacionalista, un momento histórico difícil de analizar. Su fotografía no es despreciable, su duración (180 min.), podría parecer excesiva, pero teniendo en cuenta la temática resulta comprensible (abreviar habría destrozado la historia), su montaje es mejorable y posee un trabajado guión.

En definitiva, este filme provocará curiosidad por un momento histórico algo olvidado, por la figura de (un caricaturesco) Adolf Hitler y nos permitirá volver a verle paseándose por toda Alemania y Austria con su recortado y simbólico bigote. Interesante.

La habitación del niño

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Álex de la Iglesia es, sin duda, uno de los mejores directores de este Estado al que llamamos España y en el que a los que compartimos cultura se nos llama ladrones. Y lo es, habiendo hecho lo que le gustaba, no vendiéndose al mejor postor, ni realizando secuelas de dudosa calidad, sino dejando una impronta muy personal en todos sus trabajos.

Con títulos a sus espaldas como "Acción Mutante", "El día de la Bestia", "Muertos de risa", "La comunidad", "Crimen Ferpecto", "Balada triste de trompeta, y la última (y no por ello peor) "Las brujas de Zugarramurdi", ha sabido aunar humor negro y terror a partes iguales. Además, ha demostrado ser un hombre comprensivo con las nuevas tecnologías y un cineasta capaz de entender que la industria cinematográfica está anticuada y debe actualizarse (si no quiere verse sobrepasada por alternativas como Netflix). Su batalla contra Sinde y la historia de los Goya es por todos conocida, por lo que no profundizaré más en el tema.

“La habitación del niño” es un telefilm de terror (no lo infravaloréis por ello)  bien realizado. Dirigido por Álex en 2006, forma parte de la serie de ‘Películas para no dormir’, producidas por Narciso Ibáñez Serrador y dirigidas por diferentes cineastas dedicados a este género, en honor a la serie de televisión de mismo nombre que comenzó su andadura a mediados de los años 60.

De la Iglesia nos introduce en la historia de un matrimonio con un niño recién nacido. Cómo reciben la casa de sus sueños a un precio bastante bajo (gracias a la inmobiliaria de "El Corte Inglés", cómo no), se instalan e intentan ser felices a pesar de no tener mucho. Todo parece ser perfecto, hasta que la hermana de Juan les regala un intercomunicador para bebés a través del cual comenzarán a escuchar angustiosas e inquietantes voces...

Tras esta breve presentación, ‘La habitación del niño’ podría aparecer ante vuestros ojos como un nuevo y detestable intento de “‘Masters of horror’ a la española”, pero nada más lejos de la realidad, es un filme de terror que recoge elementos clásicos y sabe conjugarlos con las nuevas tecnologías. En ocasiones llega a asustar de verdad (sin la utilización de ningún tipo de engaño, algo poco frecuente en la actualidad). Es importante destacar la capacidad de su director para conseguir un producto de calidad con los materiales de los que disponía: una producción bastante modesta, un caserón abandonado y un par de actores que no son nada del otro mundo (un Javier Gutiérrez aceptable al que Álex supo sacar partido y una Leonor Watling bastante discreta y con una vocalización aceptable, algo no muy frecuente en su filmografía).

Una historia que podría desembocar en el tópico trillado de la casa encantada con cualquier otro cineasta al frente, no decae en ningún momento gracias a la sabia utilización de recursos cinematográficos y los puntuales toques de ciencia ficción (física cuántica incluida que a muchos nos hará esbozar una sonrisa). Una película que puede y debe mirar por encima del hombro a cualquier (sub)producto o remake ochentero de terror procedente de EEUU. Eso sí, no es ninguna obra maestra, no está exenta de fallos que algunos descubriréis. No debo contaros más, disfrutad del terror español, disfrutad del gran Álex.